miércoles, 2 de julio de 2008

No abráis la puerta (Juan Antonio)

Una vez, un grupo de 6 chicas, quedaron para hacer la ouija, aunque no se lo tomaron muy en serio. Primero empezaron haciendo una especie de ritual que consistía en levantar por turnos a cada una de ellas con solo cuatro dedos. Empezaron por una chica que pesaba mucho. Las otras cinco pusieron cada una cuatro dedos suyos sobre ella para levantarla, el índice y el anular, y empezaron a decir: 'haz que esta chica sea ligera como una pluma, ligera como una pluma'...La chica a la que estaban intentando levantar se quedó helada y le entró pánico porque la habían levantado nada más decir eso. Las chicas que la estaban levantando también se sorprendieron. Aún así, continuaron. Cuando terminaron de hacerlo con todas y cada una de ellas se sentaron con las piernas cruzadas, en círculo, alrededor de una tabla de madera roída por los años que tenía letras, números y las palabras 'sí', 'no' y 'adiós'. En el centro de la tabla, un vaso de cristal. Se pusieron a hacerle preguntas para empezar, como, por ejemplo, cuántas eran, y el espíritu que se les apareció acertó: movió el vaso hasta el número 6. Le preguntaron que quién era, y les dijo que era Raquel, y que no deberían haberla llamado para eso. Las chicas intentaron romper el vaso de cristal para que el espíritu se fuera de allí, pero por más que lo intentaron les resultó imposible. Es más, el vaso empezó a moverse solo hasta escribir el mensaje “No abráis la puerta”. De repente sonó el timbre, y se oyó la voz de una anciana. Una de las chicas dijo que esa voz era la de su abuela materna, muerta de cáncer. La chica se levantó para abrir la puerta, aunque las demás le dijeron que no lo hiciera, que era peligroso. Ella no les hizo caso, se encaminó a la puerta, descorrió el cerrojo y...
A la semana siguiente salió en el boletín informativo de la localidad que 5 jóvenes habían muerto por causas desconocidas en la casa de una de sus amigas. En el escenario del suceso encontraron un tablón de madera hecho cenizas y un vaso de cristal hecho añicos. La única superviviente fue la chica que abrió la puerta. Por cierto, no encontró a nadie.
Yo os cuento esta historia porque conozco a la chica que abrió la puerta y ella es la que me lo ha contado a mí. Me ha asegurado que nunca volverá a hacer espiritismo, puesto que las almas en pena no deben ser cuestionadas

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